October 28, 2019

Panfletos

Pienso en una imagen del mall cercano a mi casa. El jueves el acceso principal estaba lleno de rayados y consignas como "Sin miedo al opresor" o "Destruir la doctrina del shock". El domingo los mensajes estaban borrados. Esta situación es muy decidora y simbólica, porque es precisamente lo que pasa en este simulacro de democracia que nos han impuesto por años. Quieren borrar y silenciar al que piensa distinto, al que cuestiona. Chile despertó, como dicen las consignas y eslóganes, pero siempre hay quienes quieren que todo siga igual, es su negocio. El sistema y modelo es su dispositivo de control. Este dispositivo es macabro, intentará enemistarte con tus cercanos y te hará apreciar el orden, obviar las injusticias, valorar las medidas arbitrarias del gobierno de turno. Despertará en ti la indiferencia, la ambición desmedida y la esclavitud por tus privilegios. A través de la prensa montará una agenda artificial, creará noticias falsas. Normalizará los abusos hacia los más pobres. Parece puro cuento, puro diagnóstico, pero son algunas causas de lo que hemos vivido en Chile durante los últimos días. Una especie de dictadura, nuestra dictadura. Con un presidente que monta una guerra y arroja los militares a la calle, sembrando el abuso y la represión. Pese al maquillaje de las medidas del gobierno, simbolizada por la pintura que quiere borrar consignas, saben que no podrán borrar los abusos, las muertes y el deseo por ser libre. No nos van a matar la vibra ni nos van a silenciar. No sirve insistir en una normalidad basada en la impostura, donde unos pocos ganan y muchos viven al margen. Por estos días valoro mucho estos versos del recientemente fallecido Floridor Pérez, que vivió en carne propia la represión y dictadura:

-¡Se prohíbe cantar!
¿Oyeron?
Se prohíbe cantar.

Qué buen título
para una canción.

August 29, 2019

Estrellas errantes: 25 años de Dummy


It could be sweet
Like a long forgotten dream


Dummy, disco debut del trío británico Portishead, fue publicado el 22 de agosto de 1994 por Go! Beat Records. Muchas crónicas han dado cuenta de este gran álbum, especialmente en lo que concierne a su vinculación ineludible con el trip-hop, ese familiar acomodado y existencial del hip-hop, que alguna vez tuvo su momento de gloria. El trabajo de 11 canciones fue uno de los títulos que impactó profundamente en buena parte de una generación, que al dejar entre paréntesis el elemento rap, se dejó seducir por unos beats que parecían sacados de alguna banda sonora imposible, junto a trazos orgánicos y voces que en vez de proponer un discurso, planteaban dudas y creaban atmósferas.

Beth Gibbons, la chica de la voz hermosa y lastimera, Geoff Barrow, un fanático declarado del rap old school y Adrian Utley, cuya guitarra es sin duda más que un elemento adicional, pusieron al servicio del pop su versión mutante y afectada de la música electrónica. Dummy, obra maestra del grupo -quizá igualada solo por ellos mismos y su secuela homónima lanzada tres años más tarde, cuando los sucedáneos e imitadores colapsaban la fórmula del trip-hop-, es un álbum que curiosamente permanece tan impávido y solemne como sus canciones, que a menudo nos hablan de tiempos amargos, amores no correspondidos y aislamiento urbano.

¿Qué hay en Dummy que todavía nos atrae? En cuanto a la textura de sus beats, el propio Geoff Barrow ha indicado que seguía los patrones característicos de la producción hip-hop: la búsqueda de una muestra o sample, idealmente de una fuente análoga, el resultado era replicado en casete o vinilo, para luego lograr un loop que se pudiera ejecutar vía tornamesa. Temas del disco como “Sour times”, “Wandering stars”, “It could be sweet” o “Roads”, todas delicadas piezas que juegan a la balada en clave electrónica, presentan una forma de producción en apariencia sencilla, pero cuyo resultado puede ser arrollador y dramático.

Un buen ejemplo de este método es el tema “Biscuit”, un track portisheano por excelencia, donde las voces de Beth (“I’m lost, exposed/ Stranger things will come your way”, parte diciendo, como si declamara) se mezclan con los beats, loops logrados a partir de baterías previamente grabadas por el baterista Clive Deamer, el piano Rhodes de Barrow y los scratches finales, una cita al crooner de los años 50 Johnnie Ray, quien repite una y otra vez “I’ll never fall in love again”. Como un fantasma. Es el proemio perfecto para la final “Glory box”, tercer y emblemático single del disco, que usando la misma técnica le roba el alma a “Ike’s rap II” de Isaac Hayes.

Con su debut, Portishead se convirtió en uno de los estandartes del llamado sonido Bristol, esa electrónica de profunda convicción urbana que abraza la introversión (de eso se trataba el trip-hop), y que encontró en nombres como Massive Attack (Blue lines de 1991 es insuperable) y Tricky (Maxynquaye de 1995 aún ruge) a algunos de sus más destacados exponentes. Si ampliamos aún más el rango de esta serie de artistas, hay ecos de esta ética y forma de sentir en algunos trabajos de Jay Jay Johanson, Everything But The Girl, Alpha, Goldfrapp y más.

Dummy fue una delicia para los que buscaban una “banda” de culto. Al ser, digamos, una banda no convencional (al comienzo ni siquiera planeaban tocar en vivo), Portishead encarnaron los delirios y frustraciones de un público que al mismo tiempo admiraba lo cool del sonido vintage y las entonces variadas posibilidades del inminente downtempo, ese pastiche que podía remitir a la electrónica, pop y jazz. Barrow sabía que habían creado un monstruo probablemente más grande que ellos, pero con esfuerzo y tiempo lo supo dominar. Fan del hip-hop y la electrónica, retraído y con problemas de ansiedad, siempre quiso hacer canciones lo más alejado posible del club. Dummy fue su salvación. Con los años, encontraría en proyectos personales como BEAK el modo de seguir con sus inquietudes.

Beth Gibbons, por su parte, la chica tímida y sincera que evade la exposición mediática pero que en sus canciones no se guarda nada, con su propia leyenda aportó a Portishead una mística especial, una belleza con envoltorio de nostalgia que tras Dummy y su algo tardía secuela Portishead (1997) se mantuvo en pausa por más de una década, para volver a sorprendernos con Third (2008), un arrebato experimental que es hasta el momento la última entrega de los de Bristol. Fuera de Portishead, a Beth la hemos podido seguir en proyectos como Out of season (2002), junto a Rustin Man, y este año con su álbum en compañía de la Orquesta Sinfónica de la Radio Nacional de Polonia.

Aunque antiguo, Dummy es puro presente y ha logrado escapar de su propia caricatura, pese a tantos intentos fallidos por derribar su mito de estrellas errantes: “The blackness, the darkness, forever”, tal como repiten en “Wandering stars”. Da la impresión que su contenido musical y emocional está más vigente de lo que quisiéramos.

***

Publicado el 22/08/2019 en Super 45

May 30, 2019

Cristina

Esa mujer que con su sola existencia y sin percatarse me recuerda brutalmente que soy casi enano, cholo, hijo de la movilidad social, proclive a la obesidad y que acaso sólo enfundado en un pasamontañas, armado y en un callejón oscuro podría acariciarla.

[Luis Chaves, Salvapantallas]

cambia de nombre

April 14, 2019

post esclavo

Solo sé que todas las personas esperan ser descubiertas, salvadas, recogidas de la existencia ordinaria y puestas en el lugar que merecen.

[Rodrigo Olavarría, Cuaderno esclavo]

March 04, 2019

pequeñas cosas

En esas pequeñas cosas que ya todos olvidaron, ahí estoy yo. A la hora de las compras prefiero ir de paseo por el parque, me dijiste. Y lo mejor del verano —algo que te confesé en ese audio, un mal audio porque prefiero no enviar audios— fue esa tarde contigo en el parque. Yo te miraba impaciente cuando puse mi mano en tu pecho para oliscar tu cadena, una joya que brillaba al sol junto a la laguna. Parecen unos malos versos pero no es mi intención, ya no reparo en esas cosas. Ese momento fue para siempre, aunque no duró más que tus abrazos porque ese era tu plan. Hay que confiar en algo y yo elijo esperar el siguiente verano.

siguiente verano

May 12, 2018

pronta entrega


Una hoja
una pálida hoja cae,
se mezcla conmigo, con la tierra.
#Emiliana Pereira Salazar


Hace tiempo leí Qué sabe Peter Holder de amor, del escritor chileno Vladimir Rivera Órdenes. Son de esos libros que te encuentran en la biblioteca pública. Luego los compras, los lees de vez en cuando, más tarde regresas a ellos siempre. "Nocturama", uno de los cuentos de ese volumen, es un puzzle de silencios y soledad. Muchas soledades. Personajes que ven, quizá presienten, su propio deterioro emocional, pero no son capaces de anticiparse (menos eludir) a sus desgracias. Y esto, disfrazado de lirismo, o con guiños a la poesía con escenario de provincia, se vuelve algo bello, triste, tristísimo. Pero especialmente algo muy bello.

"Simplemente estoy condenado a la soledad", dice alguien en "Nocturama". Rivera Órdenes, que es oriundo de Parral, que es hijo de detenido desaparecido y que ama el cine de ficción y horror, tiene un especial don para describir la muerte o la soledad. Probablemente la suya, la misma de Vladimir, el niño protagonista de Juegos florales (2017), su primera novela, acaso una extensión de ese magnífico "Nocturama" y sus relatos satélites.

A ratos parece que todo es disparatado, inconexo, que los personajes carecen de profundidad o que hay trampas en el relato, como en algún texto de Aira. Pero no es tan así. Personajes como la señora Mercedes, mamá da Vladimir, son pura ternura y compasión. "Eres especial, mi niño, muy especial", le dice a su hijo, luego Rivera Órdenes sentencia: "Entonces Vladimir vio la solitaria vida que tienen los seres especiales en este mundo".

Vladimir, que quiere ser escritor, a pesar de sus lecturas y escrituras no pasa nunca de curso. Admira a escritores muertos, se la pasa pensando o preguntando cuáles son los escritores vivos, a veces obtiene alguna mención honrosa en un concurso. Su papá también es poeta, uno reconocido en Parral y alrededores. Pero Vladimir lucha con la inminencia de un problema mayor: perder la razón. Probablemente ni siquiera existe. Quién sabe.

Por un momento presenciamos nuestro propio dilema cotidiano. Vemos cómo el resto aparentemente se transforma, moviliza o acierta, mientras algunos siguen en la urgencia de decidir cómo proceder. Aunque a lo mejor nadie cambia o gana mucho, porque como en la novela, los incentivos no pasan de un diploma o unas palabras de alivio. Como Vladimir, copiamos moldes, a veces canciones, las hacemos pasar por propias, para que pronto alguien nos traiga de regreso a la tierra, recordándonos que solo estamos copiando.

*****

February 20, 2018

nuevos

January 29, 2018

Nombre del playlist: Casas el orto ✍


Ya habrá seguramente otro en este mundo desquiciado quieriendo hacer un ensayito del argentino Fabián Casas, a partir de los propios ensayitos del escritor o alguno de sus libros, descubiertos o redescubiertos con fervor en el último lustro por entendidos e iniciados. De todas maneras aquí va otro intento.

Leer o releer a Casas es a menudo encontrarse con historias de amor y fracaso, siempre con una cuota de ironía y humor, quizá propias de la idiosincrasia argentina. Sus poemas son mianuturas de sus ficciones, mientras que sus ensayos son relatos encubiertos. Casas no es, digamos, mesita de noche de nadie, aunque entretenga. Su prosa es peligrosa, como en toda buena literatura. Por eso personajes como La Giganta, que aparece en su novela Titanes del coco (2015), al comienzo provoca risa y pavor, pero al rato nos intriga y entusiasma.

"Te dicen La Giganta por el poema de Baudelaire", le dice La Porota, otro de los varios personajes de la novela, todos atrapados en la redacción de un diario. Un diario lleno de tramas y calumnias, cómo no. "No sé quién es Baudelaire", responde La Giganta. Y parece que leemos un gag, una viñeta de fin de semana. Casas, como en sus Ensayos bonsai (2007), cubre las anécdotas con imaginación, sin querer hacerse el ingenioso te saca un sonrisa, pero también te lleva con un par de líneas a lo más oscuro de un túnel.

"Como, cago, duermo; soy una biología que no tiene rumbo", anota el personaje de Ocio (2000), acaso la novela más celebrada de Casas, que expone la intimidad de una familia fracturada. A falta de objetivos y "hundido en el ocio", el protagonista se vuelca a la literatura. Come y caga. Duerme. En Ocio los silencios de Casas alcanzan una tensión difícil de asimilar, el ritmo del relato nos acerca a la poesía, porque después de todo Casas es un poeta que expande su campo de acción, que tiene textos capaces de encajar en diferentes géneros. Por eso los simples lectores del hombre de Boedo debemos buscar respuestas (o incógnitas) en varios de sus escritos. Hacer un mix de sus textos, como si se tratara de un playlist. Al menos eso intento hacer yo. Es que el argentino, como un buen playlist, tiene de lo que le pidas. Tengo un par de pruebas:

Una día salí del metro y me encontré con la Alameda repleta de fans del Papa. Al rato pasó el mismísimo y siniestro Papa, en el Papamóvil. Esa misma noche, en un ensayo de Casas, leí sobre El Papa: "No le pidamos peras al olmo. El Papa no puede aprobar el aborto porque es el gerente de contenidos de la Iglesia Católica y labura de eso".

Otro día estaba cerca del mar, se me ocurrió llevar Tuca, poemario inaugural de Casas publicado en 1990, un librito que entra en un bolsillo pero tiene ínfulas de clásico. Ahí estaban estos versos:

Aquí en la playa
las cosas parecen adquirir una letanía.
Escucho una canción
de alguna radio hundida en la arena.
En el horizonte hay un barco detenido.
El olor a bronceador,
las moscas
y el ruido de botellas vacías
conforman el peso
de nuestra presencia en la costa.

*****



January 23, 2018

Suban, si les parece

La Catedral estaba llena de gente emocionada. De fondo sonaba música de Violeta, en loop. Hasta siempre Nicanor.

October 04, 2017

Los afectos

También ha empezado a pasar esto: sientes cada vez más a menudo que tu vida sí puede caber entera en una sola frase o, al menos, en unas pocas.

[Rodrigo Hasbún, Los afectos]