April 18, 2017

Mashi

Aunque Kantichandra era joven cuando murió su mujer, no quiso casarse de nuevo y buscó distracción en la caza de fieras y pájaros.

[Rabindranath Tagore, La mirada favorable]

February 10, 2017

permanencia

Antes tenía una fuerte nostalgia de la permanencia, de que las cosas perduraran. Y creo que esa actitud ante la vida no es que esté equivocada, sino que es incorrecta, porque todo es efímero. [Gonzalo Millán]

January 02, 2017

vigilias

No es que haya enloquecido, he estado muy cuerdo, demasiado en mis cabales. Me comenzó a pasar no desde el día que te perdí, sino un año después. Cada vez que otro decía tu nombre yo sufría -aún sufro-, y eso me mantuvo despierto, en alerta. Desearía volver a estar loco, estar cerca tuyo, dormir plácidamente. Pero las cosas me han reservado solo la contención propia del vigilante, en cuya soledad no cabe el sueño ni la alharaca.

June 29, 2016

June 28, 2016

Búsqueda


Es bueno sentarse entre amigos y vasos
a observar como todos abandonan algo suyo
en la música que los impulsa y transforma en seres sin huesos,
mientras la noche trepa por los muros.


Rolando Cárdenas | Tránsito breve

June 12, 2016

Gris




Thank god for the drugs and drums
El-P
Deep space 9mm


Le dijeron que hiciera algo, que se iba a volver loco. Pero él ya estaba loco. Al menos eso creía su mamá y su hermano, que le hablaban como a una víctima de alguna tragedia que anunciaron por la tele.

Le faltaba muy poco para cumplir cuarenta años cuando se esfumó. El hueón ya estaba viejo. Aunque se sentía viejo desde los 27. A veces decía que su mejor momento fue entre los 25 y los 26. Odiaba sus 27 porque cuando tenía esa edad, el mismo año en que El-P publicó su disco debut Fantastic damage, se dio cuenta que estaba perdiendo el juicio. No quería trabajar, si lo hacía era esporádicamente en empleos imbéciles. Así lo conocí yo, contestando teléfonos en pasillos lúgubres.

Le dieron pastillas para controlar la ansiedad, en el último tiempo casi no hablaba. Se pasaba las tardes en la biblioteca nacional, donde los guardias lo echaban siempre. No lo querían ver. A veces leía tranquilamente por horas. Pero había días en que gritaba y asustaba a todo el mundo. No sabían qué hacer con él.

Decía que en su cabeza vivían ruidos parecidos a los del primer disco de El-P. Sus amigos grafiteros ya no lo llamaban, no lo invitaban a pintar. Los muros que pintó en el pasado eran el único registro de su mente en relativo buen estado. Su estilo siempre fue alucinante. Se lo dije una vez en el trabajo y me sonrió, fue la única vez que lo vi reírse.

Durante años lo vi pintando muros. Solo o en encuentros donde era la atracción, quizá sin saberlo. Los que no lo conocían pensaban que era un presumido. Pintaba y se iba. No se quedaba a sacar fotos, a fumarse un pito con los cabros. Varias veces me contó cosas de su vida, yo no le preguntaba nada.

Un día desapareció. En la calle decían que se fue a Estados Unidos, que tenía familiares allá. Yo sabía que eso no era cierto. Lo invitaba a encuentros o a participar en jornadas con otros amigos pintores. Su técnica en el muro era impresionante. Los colores que obtenía no se los vi a ningún pintor chileno.

No contestaba los correos electrónicos y siempre perdía los celulares. La única forma de contactarlo era ir a su casa. Las veces que fui su mamá siempre me abría la puerta en pijama, no importa la hora. Su hermano se llamaba Sergio, le decían Tola. Era gordo y tenía unos cinco años menos que él. Desabollaba y pintaba autos en un rincón del patio. Su mamá a fin de mes le cobraba la luz que gastaba con las pistolas para rociar pintura. Así ganaba algo de plata.

El Tola se declaraba fanático de su hermano. No sabía pintar, no escuchaba la música rara que le gustaba a su hermano, su único talento era pintar y desabollar autos. Era el mejor del barrio. Los pacos a veces pasaban por su improvisado taller a componer las patrullas que chocaban en noches de borrachera. Él les arreglaba los autos, a cambio ellos no le exigían patentes, lo dejaban trabajar en paz.

El Tola pensaba que su hermano se había ido de Chile. No sabía dónde ni cómo, porque no tenía plata ni para la micro. Esto último me lo dijo con certeza, con voz gruesa. Si le va bien que no vuelva, me dijo también esa vez. Que mande señales de vez en cuando, pero que no vuelva a lo mismo de antes.

Uno de los últimos muros que pintó, cerca de San Pablo con Las Rejas, aún está intacto. Es una muralla grande, con la superficie imperfecta y muy cerca de un gran árbol, en un pasaje donde sólo transitan residentes, lo que no asegura mucho público. Sólo unos cuantos curiosos conocen esa obra. Nicomedes, dice el trazo con unos caracteres imposibles, gruesos y provistos de una luminosidad desconcertante. El dueño de la casa se dio cuenta que su muro estaba intervenido cuando salió a trabajar, muy temprano. Al principio se asustó, porque vio a un tipo sentado en la vereda, fumando, rodeado de papeles y tarros de pintura. No se sabe porqué escribió Nicomedes, algunos dicen que en tributo al escritor chileno.

El año de Fantastic damage, una década antes que lo vieran por última vez, una marca de pinturas en spray le ofreció un auspicio. Él los mandó a hablar conmigo. Me convertí entonces en una especie de representante, un guardián de su legado. Las latas que le daban nos servían a todos, a todo el equipo, que en realidad era más mi equipo que el suyo. Nuestra crew. La patota en la que encontrábamos refugio. Éramos 4 si lo contábamos a él, aunque a él no le interesaba pertenecer a nada. Mi crew es mi cabeza, decía.

Un par de años duraron las latas gratis. Tiempo suficiente para dejar nuestra marca en Santiago. Demostrar nuestra habilidad consistía en subir a pintar lugares inverosímiles. Rayábamos paraderos de micros, interveníamos letreros de publicidad en altura, entre otras cosas inútiles y maravillosas. Eso nos mantenía a salvo. Nosotros éramos buenos y apasionados, pero este hueón era de otro planeta. Sus bocetos sorprendían, sus tags eran precisos y cuando se concentraba en un muro, las jornadas podían ser solemnes e inolvidables. Varios gringos le hicieron entrevistas, unos cuantos estudiantes lo usaron o citaron en sus tesis. Cuando empecé a estudiar diseño, el mismo año que empezaron las latas gratis, el arte para mí se resumía a estar cerca de él y de mi patota. Ellos me decían que la escuela me cambiaría, que en la universidad había sólo sucedáneos de artistas. Y tenían razón, pero por el momento yo sólo quería pintar, caminar por horas buscando el muro perfecto.

Un sábado cualquiera, a dos años de su desaparición, fui a su casa. Me abrió la puerta su mamá, esta vez sin pijama. Pronto apareció el Tola y me dio un abrazo. Lo acompañé al terminal de buses, muy cercano a su casa-taller. A su hermano le gustaba el terminal, se paraba por horas a mirar a los pasajeros en su constante ir y venir, pensando quizás un día abordar uno de esos buses y no regresar. Caminamos por la calle Santa Marta, nos fumamos un pito antes de llegar a Pajaritos. Luego nos sentamos en las escaleras a esperar cualquier cosa. En un rato muerto me puse los audífonos, no sé porqué. Siento que las esponjas del aparato me acarician levemente los oídos. El Tola me pregunta qué estoy escuchando. Pienso en contarle que El-P hizo un álbum nuevo, que tiene un nuevo proyecto con un rapero de Atlanta que se llama Killer Mike. Pienso decirle que el dúo acaba de sacar su segundo disco, un disco tremendo que me recuerda a su hermano, que esa música me trae de vuelta su manera violenta y sofisticada de atacar los muros.

Rap, le digo. El Tola me mira y aprueba con indiferencia.
Vamos, me dice, tengo que terminar una pega.
Respondo: Yo también tengo que hacer.
Nos largamos, arrancamos no se sabe de qué.


***


Relato de mi autoría aparecido en la nueva edición de Panverde, fanzine dirigido por los amigos graffiti/muralistas Agotok.

May 30, 2016

lugares


Uno siempre tiene dos lugares: en el que vive físicamente y otro abstracto. Cuando se unen los dos, está todo muy bien.

Jorge Teiller | El retorno a la aldea

May 16, 2016

huyes


Un día lunes se quedó en blanco. Dejó de percibir colores en la ciudad, no tuvo señal del futuro. Ella, que lo quiso desde el primer día, no comprendió su repentina carta de ajuste. Ese día lunes por primera vez se sintió de verdad solo, pese a los besos, a la compañía de ella, al nuevo e inminente amor. No pudo. La soledad cobró sentido y lo llevó esa noche por las calles húmedas, recién abatidas por el aguacero.

¿Por qué huyes? Disparó ella por decir algo. Sabía que no recibiría nada a cambio. Todo tipo de entusiasmo por una historia, se quedó atrapado en otra historia.

December 12, 2015

Lunes 25, 03.16


Aquí estoy, bobeando con la computadora. Se me ocurren a menudo muchas cosas para escribir, pero no las escribo. Todavía no empecé, o mejor dicho, no continué con el proyecto, del que escribí una sola página. Había prometido dedicarme full time desde el primero de diciembre.

Feliz Navidad.


Mario Levrero | La novela luminosa

November 12, 2015

Low - Lies

versiones posibles

Habrá narración, relato, pero no disposición lineal. 
#nicoláscabral 

Una vez, un sábado, no hace mucho, estuve en la librería más bella del planeta. Al menos eso dicen los argentinos de ese lugar, que está en pleno centro de Buenos Aires. La Librería, así le voy a decir, en honor al formato de una de las novelas que vi ese sábado. Esa vez en La Librería, emplazada en un imponente teatro, no me compré esa novela, pero por alguna razón me atrapó su título y notas de la contratapa. La novela se llama Catálogo de formas (Periférica, 2014), su autor es Nicolás Cabral y estaba en el apartado de literatura nacional de La Librería. Esa vez, esa estupenda tarde, acaso una de las mejores tardes que recuerde, de puro presumido preferí comprar un par de libros de Aira, otro de Arlt, otro de Fresán. Es decir algunos argentinos favoritos del autor de esta entrada. El libro de Cabral, que nació en Argentina pero desde muy pequeño se trasladó a México junto a sus padres exiliados, debió esperar un rato para que le prestara atención. Primero leí uno de Aira, El mármol, parte de los tesoros que traje de La Librería. Hoy tras descubrirla con entusiasmo en la biblioteca, por fin leí Catálogo de formas, novela breve de escasas 100 páginas protagonizada por El Arquitecto, un personaje cuyas anécdotas y pistas nos llegan a través de los relatos en primera persona de otros personajes, en apariencia satélites y simplemente llamados El Pintor, La Pintora, El Músico, El Artista y más. Cabral también es arquitecto y a partir de la extraña elipsis presente en su novela, su primera novela, apenas nos entrega las características que han marcado la vida de El Arquitecto, el personaje: desapego a las normas, obsesión por lo moderno, orientación al placer, al sexo, al arte. Todo a través de escenas, por llamarle de alguna forma, en las que se ama y se odia al mismo tiempo aquello a lo que uno le ha dedicado la vida. Debemos ir siempre más allá parece decir El Arquitecto. Testarudo prefiere esquivar las formas predeterminadas, hacerlo a su manera, construir en la selva. Entre medio, en alguna parte, aparece una cita de Arlt: "El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo". Más tarde (haciendo trampa) sabremos que la novela está inspirada en la vida de un célebre pintor y arquitecto mexicano, aunque su contenido evite la disposición lineal y más que buscar un resultado final, apele a varias versiones posibles. Imagino que una vida con varias versiones posibles sería también algo auspicioso, especialmente cuando en general nuestras vidas se deben a la rutina. Más tarde (con más trampas) sabremos que hay varias citas ocultas, como sampleos declarados a última hora. Para enterarse medianamente de lo que pasa hay que llegar hasta el final, y como en las historias de Aira, al menos en las que he leído yo, que no son muchas, que son básicamente las que compré en La Librería, que se consignan aquí por capricho; que ahora recuerdo con cariño como esa tarde por Avenida Santa Fe, que me sirven de amuleto para poder entender la novela protagonizada por El Arquitecto, no queda más opción que dejarse llevar por los recovecos de una prosa que produce vértigo. Ese mismo vértigo que sentí aquel sábado en La Librería, y que me permite ahora terminar esta entrada diletante citando al protagonista de El mármol: "Yo que no hago más que quejarme de lo aburrida y gris que es mi vida, de pronto me veo frente a un episodio épico y memorable, casi una aventura".